07070105 por ArtGorillas.

Desde mi habitación te oigo moverte, descalza, encima mío. Tus pies desnudos sobrevolando mis ideas. Tu cuerpo -flotando, como el de un fantasma solitario, más allá de lo que alcanzo a ver- es bruma, tan solo bruma borrosa, que traspasa el silencio de la tarde.

Inmerso por un olvido consciente en el desamparo de lo previsto, convencido de que aquí -en este lugar de paso- no existe nada con lo que poder entretener al tiempo y lograr que se ensimisme un rato, mi apuesta es el sueño. Dormir y esperar que vuelvan: el sol, la distancia, la risa de una mujer alegre... o cualesquiera otros sentires, que, condescendientes con los extraños, reparen en mi soledad y me permitan creer en el mañana.

Nunca te he oído hablar, no sé si estás sola, ignoro tu nombre. Tampoco me consta si mañana seguiras siendo la huésped anónima de la habitación de arriba.

Te vi a lo lejos, saliendo de un coche oscuro entre la lluvia de la noche. Tus pasos sobre mi cama desafiaron mi claudicación. Te imaginé luego desnuda, con las bragas a medio bajar, dulcemente enrolladas hacia fuera enmedio de los muslos. Sensata. Eras muy parecida a alguien que había querido en el pasado. Recé un padrenuestro para sentir a Dios un poco más cerca, y, antes de dormirme, me preocupé de colocar al corazón un poco más lejos, lo situé junto a una de mis manos, por si tenía que librarte a medianoche -entre suspiros, humedad e insomnio- del lazo de recuerdos que estrangula algunas noches la garganta al final de la juventud.

Tu suelo era mi techo y yo no era otro, sino uno más entre todos esos hombres grises de la calle con los que casi nunca te relacionabas.

Tu suelo era mi techo enmedio de la oscuridad. Y, yo, que a veces me había sentido un buen salvaje y otras un torero filósofo que tarde tras tarde le estoqueaba al tedio, con la caída del sol, envalentonado con la literatura y la ginebra, miraba ahora fijamente, con agredecimiento -mientras tú te duchabas- el reloj y la cartera posados sobre mi mesilla de noche, consciente de su poder para alejar los demonios.

A lo mejor eras una mujer enamorada y feliz para la que aquel lugar, que a mi tanto me repelía, era más perfecto aún que el jardín del paraíso. Quizás. Porque el tiempo pasó y no me reveló nada de tu vida.